Perder no era opción. Y ocurre que el segundo tiempo arrancó con desventaja madrugadora (Van Gelderen, 3´), circunstancia que a su vez dio lugar a uno de los mayores -y decisivos- atributos del equipo nacional en la jornada de Monterrey. No desmoronarse anímica ni futbolísticamente. Levantarse. Hacer frente a la situación con entereza, con hombría bien entendida.
En el análisis también corresponde subrayar el valor de las modificaciones que operó la dirección técnica. Porque Moisés Paniagua y Juan Sinforiano Godoy se encaramaron al podio. Uno, convirtiendo el empate. Otro, generando la infracción penal que Miguel Terceros transformó en el tanto de la victoria.
Fue un partido peculiar, quizás a tono con lo mucho que estaba en juego. Abundaron las interrupciones, los calambres fingidos. Y la tensión también se dejó sentir, sobre todo en los diez minutos de margen agregado que el juez Faghani dispuso.
Bolivia comenzó estableciendo posesión de balón y control del juego, pero Surinam se arrimó con mayor peligrosidad. Sus opciones las fabricó muy cerca o dentro del área adversaria, aunque sin precisión en el disparo final. La Verde, fiel a su estilo, probó de afuera, aunque Robson, a metros del portero Vaessen, tuvo una muy clara que no terminó acompañada de la puntería necesaria.
En ese andar comenzaron a emerger las que serían columnas del triunfo. Viscarra (evitó un gol con la cara), Medina y Fernández (válvulas en los laterales), Terceros (que jamás se esconde, pide la pelota y busca el desequilibrio). No es que los demás desentonaran, pero en los citados se fundamentó el éxito, además, por cierto, de las piezas de recambio ya aludidas.
No obstante, buena parte del éxito nació en una circunstancia vital: la concepción colectiva. La Selección la tiene adquirida. Aciertos y errores confluyen en un contexto propio, que en mayor o menor medida se convierte en propuesta definida. El oponente, en contrapartida, se mostró como un abanico de voluntades individuales, sin consistencia. Era muy probable que sucediera en una especie de rejuntado al que no le alcanzó la superioridad de envergadura física y ciertos arrestos -como el de Gyrano Kerk, su elemento más destacado- para conservar lo que circunstancialmente supo obtener.
Otro factor que terminó marcando gravitación tuvo que ver con el reacomodo en la mitad de cancha tras la salida de Héctor Cuéllar, el volante tapón. Gabriel Villamil retrocedió unos metros y su aporte implicó productividad de influencia esencial en el propósito de revertir lo que el marcador exhibía hasta la medianía del complemento.
La ilusión del aficionado encontró recompensa. Y la algarabía se apoderó del país como hace mucho tiempo no acontecía. Hay clara razón para ello, pero falta el último episodio, el determinante.
A tener en cuenta que Irak llegará descansado, sin el desgaste físico y mental de la primera batalla.
Bolivia deberá subsanar cierta previsibilidad, aplicar una dosis de sorpresa que en fútbol representa condimento nada despreciable y ajustar la necesaria cooperación de los mediocampistas, conducidos a la tarea de contención, en concomitancia con la zaga central cuando el rival presiona.
Las tendencias actuales conceden a la defensa con balón la misma trascendencia que los arrestos ofensivos y si el cuadro de Villegas logra el martes esa conexión, esa fluidez, elevará, sin duda, su potencialidad.
En Nueva León transcurrió un cotejo de esos que la memoria guarda en un sitio de privilegio. Que sea el antecedente inmediato a una gesta tan histórica como largamente anhelada.
Oscar Dorado Vega es periodista.

















































