No tenía previsto que la despedida de un futbolista de su selección nacional pudiera desatar una tristeza parecida a la que me embargó cuando Diego Maradona partió de este mondo cane de manera cruel e injusta.
Sucede que se ha despedido de la selección argentina, Lionel Messi, esa persona, ese personaje que mantiene intacta su alma lúdica, ese futbolista sensible y de acero que ha sufrido la reciente pérdida de su padre, el guía que se acercaba a la muerte mientras el capitán albiceleste jugaba la Copa del Mundo a los 39 años, sellando sus actuaciones con el genio y la lucidez que han marcado su carrera: Sexto mundial consecutivo, 20 remates al arco, ocho goles, cuatro asistencias y por sobre todo, transmitiéndonos por cultura e identidad, que el fútbol es pasión, y que en el abece de la pasión futbolera, Argentina podría ser considerada algo así como una campeona vitalicia, característica que bien podría figurar también en los adn de Brasil y Uruguay.
Jorge Messi se encontraba postrado, y su hijo, ese futbolista superlativo, incomparable por multidimensionalidad humana, jugó el mundial con el alma quebrantada engañándonos a todos: Jugó arrastrando tristeza y nos hizo creer que caminaba y corría por las canchas haciendo un esfuerzo más, sólo posible en él, para exhibir la euforia a flor de piel. Hasta en eso fue capaz de revestir con una coraza, su impresionante normalidad de hombre cotidiano. Nos engañó de una manera tan ingeniosa y cándida que su tristeza profunda pasó para las tribunas y los televisores como celebración interminable y que jugar como sólo él sabe hacerlo, se erigía como la manera de agradecer con sentido de eternidad a quien lo cuidó, lo impulsó a crecer, lo llevó a la Ciudad Condal para formarse en La Masía, le aconsejó siempre con claridad y sentido de oportunidad, y más tarde le administró toda la prosperidad material que había sido capaz de generar con ese talento que lo ha conducido a tantos triunfos con el Barcelona primero, y en el último lustro de su trayectoria con la camiseta albiceleste.
Messi es lo que ha ganado y también lo que inicialmente había perdido. Sus vitrinas están repletas de trofeos y medallas, pero sobre todo de memoria y agradecimiento por lo compartido hasta aquí. Pero es esencialmente lo que ha jugado y todavía juega, demostrando con su carrera que para ganar es imprescindible saber tratar la pelota con lealtad, sin jamás renunciar a ella, y conectar con los compañeros certificando la esencia comunitaria del ser humano, esa que ayuda a sobrellevar en equipo, de mejor manera, las desgracias y las tragedias que atraviesan nuestras vidas.
La maradoniana frase “la pelota no se mancha” es un imperativo cumplido al pie de la letra por Messi con su estilo de vida. La pelota limpia significa para Messi ser el hijo de Celia María Cuccitini que no lo dejaba salir a jugar con los chicos del barrio si no terminaba los deberes escolares. Es el ángel amateur de la canción del Indio Solari.
Todos estos años de Messi han sido años que han desmentido, con su vida-juego, que hay sangre y latidos para no odiar, para no despreciar, para no discriminar, para no mascullar rencores y resentimientos y todo ello gracias a su temperamento de nobleza competitiva como el futbolista que hace jugar a sus compañeros con sus compañeros jugando para él, para que sea campeón del mundo, para alcanzar la cima como nunca sucedió en toda la historia del fútbol mundial en que los patrioterismos fueron pulverizados por ese sentimiento colectivo, ese deseo mayoritario de una Copa del Mundo para su camiseta, sencillamente porque el capitán argentino se la merecía durante los años en que fracasó y terminó levantándose para seguir intentando y siendo ese futbolista de todos los tiempos que es.
Messi tendrá siempre presente a Iniesta, Xavi Hernández, Di María, Luis Suárez y a tantísimos compañeros con los que ganó y perdió, que lo respetan y aprecian sin condiciones y que son los futbolistas con quienes ha recorrido más de dos décadas de emociones transmitidas a millones de futboleros, y que supo hacernos el día un sábado a media tarde, un domingo a la noche, o un miércoles cualquiera, transformando con su juego el tedio de las rutinas en días de asombro y festejo.
Ser el futbolista que más ha ganado, jugando con esa calidad que no tiene símil, todo lo que ha ganado, tiene que ser un premio a una vida consagrada a la lucha y a la persistencia. Pero ser el futbolista más amado por el planeta fútbol, que ha borrado los puntos y rayas de las fronteras patrias, producto de esa vocación por hacer del fútbol, el juego de la felicidad continua, será el sentimiento que guardará en el lugar privilegiado de sus recuerdos, el día en que cuelgue finalmente los botines, ese día en que terminará de retirarse entera y definitivamente, y comenzaremos a extrañarlo el resto de nuestras vidas futboleras.
En este 31 de agosto de 2026 del anuncio del retiro de la selección argentina, alguien declaró para la televisión en Buenos Aires: “Nos enseñó a ser personas”. Una frase que probablemente valga más que los ocho balones de oro que el genio rosarino ha obtenido en su emocionante carrera y en su trepidante itinerario de locura creativa.
Julio Peñaloza Bretel es periodista, autor de la columna Fútbol y punto.














































