Los futbolistas son dueños de lo que pueda o no publicarse desde el territorio en el que comienzan y terminan los rituales previos y posteriores a un partido. Hay imágenes de arengas producidas antes de la salida a la cancha y celebraciones con saltos y cánticos luego de cada encuentro y que innumerables veces han sido transmitidas en tiempo real a través de las redes socio digitales, pero prevalece también, cuando los protagonistas lo consideran pertinente, la decisión de no mostrar ni decir nada si se trata de asuntos sensibles que se consideran no publicables, como sucedió el domingo 19 de julio en el vestuario de la selección argentina, minutos antes de que el onceno saliera a disputar la final de la Copa del Mundo que perdería frente a España.
Nunca sabremos que sucedió o que se conversó antes de la caminata de los albicelestes hacia el campo de juego. La exclamación “tranquilos gente, olvidémonos de todo, sólo pensemos en jugar” a cargo del capitán Lionel Messi no tiene contexto. No tiene antes ni después. Solo es posible advertir expresiones faciales de una seriedad llamativa, de una circunspección distante del habitual gesto combativo de esos futbolistas que en todos los partidos anteriores habían buscado las porterías contrarias con un promedio de 5.5 remates con una determinación ampliamente comentada y alabada, habiendo convertido 19 goles con un promedio de 2.38 anotaciones por cotejo.
Frente a España, la albiceleste produjo cero remates a la portería de Unai Simón en los 90 minutos reglamentarios y dos remates durante el alargue. Llamativo. Para muchos, sospechoso. Para los más ágiles, expertos en teorizar conspiraciones, el caldo de cultivo de generación de likes a diestra y siniestra. Y para los hacedores de contenidos en las redes, esas que los futbolistas de hoy suelen consumir en exceso, el gran incidente registrado en sonido e imagen que dio lugar a que, después de pocos minutos del estallido de júbilo de España como nueva campeona, pasaran a ocupar lugar preponderante las palabras de Messi antes de emerger hacia la cancha que se convirtieron en el tema dominante que dio pie a un festival de conjeturas que se superpuso a lo que había acontecido en el juego mismo: Una Argentina anímicamente sobrepasada, imprecisa, con un arquero estoico que atajó todo lo que no había atajado en sus siete participaciones anteriores, y finalmente, una Argentina rota muscularmente y salida de la vaina ante la impotencia de no poder ejecutar dos pases seguidos. En síntesis, una Argentina desconocida, desconcertante y hasta inexplicable para quienes se precian de mirar con un tercer ojo.
Con la expulsión de Enzo Fernández producto de una violenta infracción contra Paul Cubarsí, el equipo de Scaloni se desnudaba perdido. Con el descontrol de Leandro Paredes exhibido luego del pitazo final, se desató una arremetida antiargentina desplegada desde México con cruce del Atlántico hacia Europa, con sindicaciones de racismo hasta críticas al gobierno de turno caracterizado por el odio serial. Con tal humor intercontinental, la celebración española seguramente habrá sido resonante fronteras para adentro, pero hacia el resto del mundo la polarización entre la antiargentinidad y la devoción agradecida hacia Messi determinaron que se impusieran reverberaciones post final de ese breve discurso del capitán a la salida del vestuario que sonaba a “no perdamos el equilibrio” y no a “vamos a pasar por encima a nuestro adversario”.
En su semifinal, España le había sacado la pelota a Francia. Los sprints de Mbappe desaparecieron, la exquisitez de Olise y la eficacia de Dembele, también fueron tácticamente evitadas gracias a ese trabajo de transiciones perfectas encabezadas por el cerebral Rodri, que se llevó el trofeo a mejor jugador de la Copa, certificando que la FIFA premia con lógica resultadista, antes que por méritos de rendimiento y calidad como los ampliamente demostrados por Messi que anotó ocho goles y produjo cuatro asistencias en el transcurso de toda la Copa.
En el último partido, el equipo de De la Fuente le escondió la pelota a Argentina, aplicando la misma receta usada contra Francia. La selección rioplatense apenas atinaba a tocarla y cuando lo hacía era para perderla casi de inmediato debido a los desaciertos que iba cometiendo un mediocampo inusualmente desorientado, y en consecuencia sin posibilidad alguna de que su líder, el mejor futbolista de la historia para propios y extraños, pudiera gestar una minúscula parte de lo que había sido capaz hasta la semifinal contra Inglaterra, ese clásico mundial de la geopolítica futbolística en el que volvió a imponerse (2-1) como lo hiciera en México 86 con Maradona trampeando y deslumbrando.
Argentina no pudo defender en la final todo lo merecidamente ganado en los últimos cinco años, con la grandeza exhibida en todo su rendimiento con cuatro títulos obtenidos. España mostró perfección táctica, fue rotundamente superior a sus más peligrosos rivales, hizo culto de la sincronización colectiva, pero para nuestra mirada, dejó claro que sobresale su aplicación táctica antes que una vibración enardecida por el juego, característica incomparablemente sudaca. Desde este lado del mundo, se respetan los méritos de esta nueva campeona con aspiraciones de perfección, pero que no activa esas emociones que supieron desatar en distintas épocas, los campeones de América para el mundo, la propia Argentina, Brasil y Uruguay.
Nunca sabremos que pasó en ese vestuario del que salieron con gestos adustos el propio Messi, Emiliano y Lisandro Martínez, a los que la cámara logró capturar con expresiones de incomodidad y enfado. El resto de los compañeros a los que no se alcanza a captar suficientemente, parecen caminar en fila india con el mismo ánimo.
Vuelve a estar claro: Lo que pasa en el vestuario queda en el vestuario y nadie, absolutamente nadie que no tenga derecho a ingresar en él, tiene por qué enterarse, es decir, los millones de futboleros ahora atrapados por la dominación tiktokera, cada uno con su propia lectura e interpretación de lo acontecido. Millones de sospechas, ninguna constatación. Lo que no se puede ver ni escuchar, no ha sucedido.
Julio Peñaloza Bretel es periodista, autor de la columna Fútbol y punto















































