Fernando Trino fue durante algunos años director del Servicio Departamental de Deportes (Sedede) de La Paz. Calificó como “una irresponsabilidad” el que el pasado sábado el estadio Hernando Siles hubiera sido escenario, al mismo tiempo, de un partido de fútbol amateur y una competencia atlética de niños. Advirtió que los riesgos de accidente que podían sufrir los menores eran altos.
¿Qué opina sobre el uso de la cancha del Siles por un equipo de amigos?
Desde cualquier punto de vista, es una decisión equivocada. El estadio cuenta con una certificación de campo de juego (Field Certificate), una condición que exige preservar el césped para competencias oficiales de alto nivel, como partidos internacionales y encuentros de la División Profesional.
Incluso en determinadas ocasiones se restringe su uso a otras competiciones para proteger el estado del terreno. Los especialistas coinciden en que un campo de estas características puede sufrir más desgaste con actividades recreativas o no profesionales que con partidos de alto rendimiento, donde existen protocolos específicos de utilización.
Tampoco es cierto que un estadio necesite ser utilizado constantemente para mantenerse en buenas condiciones. Lo que realmente requiere es un mantenimiento adecuado y permanente para garantizar su óptima recuperación y rendimiento cuando deba afrontar grandes exigencias.
¿Qué le parece el haber juntado ese partido con actividad atlética de niños?
Esa es, probablemente, la parte más preocupante del tema. Permitir simultáneamente un partido de fútbol y actividades atléticas con niños en la pista representa una seria irresponsabilidad por los riesgos que implica.
Entre los principales riesgos se encuentran: que un balón impacte en el rostro o la cabeza de un niño, provocando lesiones de consideración. Un balón puede alcanzar velocidades cercanas o superiores a los 80 km/h, independientemente de que quienes juegan sean profesionales o aficionados. Por efecto de la inercia, un jugador puede salir del campo de juego e invadir la pista atlética, generando riesgo de atropello o lesión a un menor. También existe la posibilidad de que un niño ingrese involuntariamente al terreno de juego y choque con un jugador, ya que a esa edad muchas veces no se dimensionan los peligros existentes.
Además, las normativas de seguridad utilizadas en competiciones organizadas por la Conmebol establecen restricciones sobre la presencia de personas no autorizadas en áreas adyacentes al campo de juego, precisamente para evitar situaciones de riesgo. Si se trata de niños, la preocupación es aún mayor.
¿El campo de juego del estadio es de uso libre, es decir, abierto a cualquier persona?
Si la cancha fuera realmente de libre acceso para cualquier persona, entonces también deberían poder utilizarla ligas zonales, asociaciones y múltiples organizaciones deportivas que cuentan con recursos para cubrir los costos de uso. Sin embargo, el debate no pasa únicamente por quién puede pagar o acceder, sino por la naturaleza selectiva que debe tener un campo de juego de estas características. Se trata de uno de los mejores escenarios deportivos del país y, por tanto, su utilización debe responder a criterios técnicos y de preservación.
Con su experiencia, ¿el césped se deteriora si no se lo utiliza?
No. Esa afirmación carece de sustento técnico. Un césped deportivo no se deteriora por falta de uso, sino por la ausencia de un mantenimiento adecuado. Tanto en períodos de alta utilización como en etapas de descanso, el terreno requiere cuidados permanentes, como corte, riego, fertilización, aireación y recuperación. Lo que garantiza la calidad del campo no es la cantidad de partidos que se jueguen sobre él, sino la calidad de su mantenimiento.
¿Fue correcto que los futbolistas y la asociación de atletismo acuerden la actividad?
Los riesgos ya fueron expuestos anteriormente y son evidentes. Más allá de cualquier explicación posterior, resulta difícil justificar una decisión que puso en convivencia dos actividades incompatibles desde el punto de vista de la seguridad.
En situaciones como esta no se requiere ser un experto o un perito para advertir el problema; basta aplicar criterios básicos de prevención y sentido común. Afortunadamente, el hecho no derivó en consecuencias mayores, pero ello no elimina la gravedad del riesgo al que estuvieron expuestos los niños y los participantes.















































