No todos los días se le gana a Brasil. 09/09 afirmarán los cabalísticos. Y hace muchísimo tiempo que no existía determinada proximidad y cercanía a una Copa Mundial. Eso es lo que se obtuvo. No es poco, pero tampoco –paños fríos en medio de la natural euforia– representa el propósito consumado.
Habrá que ir en marzo a México, como otras cinco selecciones, para luchar por dos plazas. Será un repechaje inédito, cargado, seguramente, de tensión, de morbo, con una mayoría de participantes todavía no identificados, excepción hecha de Nueva Caledonia.
Para acreditarse en el mini certamen se cumplió la primera de las tareas: derrotar al equipo de Ancelotti y, de paso, romper su invicto. En Maturín, Colombia desbarrancó a Venezuela sin atenuantes.
Fue el del cierre de la clasificatoria un partido denso, con esporádicos picos de juego atractivo, vistoso. Podrá afirmarse –acaso con una dosis de razón– que lo importante era el resultado. No puede negarse. Sin embargo, más allá de la victoria el análisis conduce al cómo se la alcanzó y en ese plano corresponde adjudicar a Bolivia un primer atributo, el de la iniciativa, el de la proactividad para hacer sentir al rival que su andar cansino no le garantizaba nada. Todo lo contrario.
La canarinha no sorprendió. Abusó de exasperante lentitud. Juntó pases inofensivos. Insistió en agruparse cercanamente con dos líneas de cuatro –las de la zaga y el mediocampo– y trató de aplacar el trámite, propósito al que arrastró al local en más de un pasaje.
Bolivia volvió a usar las bandas como arma preponderante y, nuevamente, propició el rol protagónico de Miguel Terceros, que buscó el gol de una y otra forma, hasta que lo festejó desde el punto penal, tras la revisión que el VAR efectuó de una infracción de Bruno Guimaraes sobre Roberto Fernández cuando la etapa inicial se extinguía. Un tanto sicológico, a no dudarlo.
En términos generales los arqueros trabajaron poco. Algo más, de todas maneras, Alisson que Carlos Lampe.
En El Alto dijeron presente los nombres rutilantes de Brasil. Desestimaron de exhibir la calidad que los tiene en grandes clubes. ¿Algo tuvo que ver Bolivia en eso? Por supuesto. Incomodó al adversario. Lo desgastó. Condicionó al error, tanto en el manejo de la pelota como en la casi nula capacidad de crear, de generar fútbol efectivo, gravitante.
Uno imagina a un Ancelotti preocupado –más allá de las habituales y conocidas argumentaciones que provoca el tema altura– con vistas al futuro. Ni los cambios en combo le redituaron frutos porque individual y colectivamente mostró poco, muy poco. Como ha sido una tónica su trajinar en recientes competiciones de trascendencia. El italiano llegó para devolver protagonismo y gloria al pentacampeón.
Y lo anterior puede refrendarse con una afirmación inequívoca. El dueño de casa rondó la ampliación del marcador con mayor claridad. De hecho, la gran atajada de la noche cabe adjudicarla a Alisson Becker como respuesta a un cabezazo de Carmelo Algarañaz, cuando el encuentro se encaminaba al epílogo.
La Verde sabe qué propone, pero quizás deberá incrementar el repertorio de variables para enriquecer volumen de ataque. Disputará la chance de lo venidero en terreno neutral. Y si bien el remate de media y larga distancia constituye un recurso nunca desdeñable, la suma de fórmulas emerge como clara y objetiva necesidad.
Un firme paso de positivismo. Todavía no decisivo, pero valiosísimo. Es el rédito de haber mantenido el invicto como anfitrión, sin olvidar el triunfo en Santiago. La obra de Óscar Villegas resalta aún más cuando se recuerda el pobre balance de sus inmediatos antecesores.
Bolivia inscripta en la repesca. Felicidad y mesura ante el logro. Resta aún lo decisivo, lo determinante. Eso que puede inscribirse (y ojalá así sea) en la historia.
Oscar Dorado Vega es periodista.

















































