Hechos objetivos. Se perdió tres a cero. En el primer tiempo Carlos Lampe adquirió carácter de figura (evitó al menos tres goles) y la suma de ambos factores pudo dar lugar a un contraste durísimo, pero Colombia mostró baches, de esos que caracterizaron su campaña, y redondeó el objetivo sin brillar, a no ser determinados rendimientos individuales.
Bolivia fue, en general, un equipo ordenado. Aplicó bien los relevos, se escalonó adecuadamente, luchó, pero priorizó –casi una costumbre fuera de casa– la resistencia y el intentar controlar al adversario; en cambio, la propuesta de ir al frente, de lastimar, sólo tuvo ribetes muy esporádicos.
A momentos dio la impresión, y no sólo por los cambios operados a través del complemento, que la mente estaba puesta en Brasil, en el partido del martes.
Colombia ganó porque hizo prevalecer el reconocido talento de sus creativos. James Rodríguez (autor de la apertura) y Juan Fernando Quintero (que desde el banco emergió para dar lugar al tanto definitivo) pusieron su sello en Barranquilla. En medio, Jhon Córdoba firmó el dos a cero.
Y paradójicamente la Verde –que esta vez usó camiseta alba– exhibió mejor cariz a través de la segunda parte, acaso porque Robson Matheus se soltó como no aconteció con anterioridad y le entregó al equipo esa cuota de generación que hacía falta.
Está claro que Óscar Villegas ha conseguido un funcionamiento que hace del conjunto la base de la dinámica. A momentos algunos futbolistas lucen más que otros (Miguel Terceros estuvo cerca de sorprender cuando el cotejo permanecía igualado) pero en general el despliegue colectivo prima.
Y en este sentido también se disimuló con relativa eficacia las diferencias de contextura física porque el dueño de casa gravita desde ese aspecto, aunque durante la despedida frente a su público sorprendió debido a una serie de imprecisiones, sobre todo en la construcción, no siempre prolija, desde el fondo.
Aparte, el encuentro transcurrió en un campo mojado en demasía artificialmente y luego la lluvia agregó lo suyo. Para colmo, con un balón de por sí liviano y que en más de una ocasión denunció sorprendente carencia de aire.
No es lo mismo actuar sin un atacante de referencia –como aconteció en buena parte del trámite, al menos hasta que ingresó Carmelo Algarañaz– que disponer de un centrodelantero, como sucederá dentro de algunos días. Es verdad que en un par de ocasiones se probó de media distancia (y Camilo Vargas sí debió exigirse) pero ello no debería ser jamás el único expediente ofensivo.
Que la derrota es un desenlace que estaba en el cálculo previo no cabe la menor duda. Existe una diferencia de peso específico que, desde luego, no implica ningún descubrimiento.
El visitante se las arregló, por momentos, para complicarle la vida al flamante clasificado mundialista. No alcanzó para más. Es que el esfuerzo no terminó de ser suficiente y el asunto no sólo se vinculó a la abrumadora tenencia de pelota del anfitrión. El plus radicó en los nombres propios que establecen diferencia. Ni más ni menos.
Oscar Dorado Vega es periodista.
















































