Acaso una palabra -sólo una- permita definir, de madrugada, lo sucedido en Monterrey. Esa palabra es contundencia. La que marcó diferencia. La que permitió al ganador hacerse del último espacio para la Copa del Mundo y dejar al derrotado con la tristísima sensación (¿injusta sensación?) de las manos vacías a lo largo de una disputa con tanto de valor en medio.
Bolivia manejó la pelota. Tuvo casi siempre el dominio. Arrinconó al rival. Forzó dieciséis tiros de esquina contra sólo uno de Iraq. Convirtió en la principal figura del cotejo al defensor central Akam Hashim, que despejó todo o casi todo. ¿Hace falta enumerar otras razones aliadas a la virtud futbolística? Definitivamente, no. La resolución del equipo de camiseta verde pesó más que todas las nacionales. Y ahí se decidió el repechaje.
Si hubiera sido boxeo los jueces, sin dudas, hubieran concedido la victoria por puntos a la Selección nacional. Pero escribimos de fútbol, donde no siempre el gasto reditúa frutos.
Y por cierto que también hay que adentrarse en aspectos de influencia. Esta vez Juan Godoy, por ejemplo, virtualmente desapareció del mapa de calor, salvo en ser víctima de un par de infracciones. Un cuadro con aspiraciones no puede permitirse el lujo de contar con su único delantero de área laxo en presencia efectiva, real. Es posible que no haya sido asistido como correspondía, pero este factor se contrapone -y no deja de ser una paradoja- con la fisonomía de un encuentro en el que los nuestros acumularon merecimientos, empuje, voluntad.
En los goles sufridos algo no funcionó en el centro de la zaga. Alí Alhamadi y Aymen Hussein madrugaron a los defensores. Sacaron provecho, en el juego aéreo y la arremetida rasante, de esa fracción de segundos que gravita, más aún si la acción tiene lugar en plena área chica.
También fue evidente que el elenco asiático supo dosificar mejor los cambios. Graham Arnold reemplazó a tres de los volantes y a los dos atacantes. En un trámite ríspido, de gran ritmo y desgaste, el refrescar piernas supuso una cuestión de importancia, más allá del frontón con el que se defendió la ventaja. Por el contrario, el ingreso de Fernando Nava resultó tardío y ni decir el de Enzo Monteiro, producto de algo lindante en la agónica desesperación.
La brega puso a prueba, una vez más, la capacidad de reacción de Bolivia. Y otra vez –como ante Surinam– Moisés Paniagua concretó el empate, generó mayores aproximaciones ofensivas colectivas y la percepción, con carácter previo al intermedio, fue que darlo vuelta no era misión imposible.
Empero, enfrente estaba un oponente rocoso, que cuando tuvo que pegar no se quedó corto, sobre todo en faltas tácticas, esas que sirven para enfriar y/o interrumpir lo que realiza el contrincante.
Era sabido que Iraq (mostró lo bien que sabe defenderse sin balón) propondría un accionar en el que lo físico prevalecería. Para mitigar aquello era más que necesario administrar adecuadamente el esférico y, fundamentalmente, encontrar inspiración y espacios tendentes al pase filtrado, entre líneas. Se lo consiguió a medias. La carencia de estocada final terminó, está claro, costando muy cara.
Las lágrimas luego del epílogo reflejaron la crudeza del sueño hecho añicos. Sin embargo, no cabe ignorar la dignidad con la que el Seleccionado afrontó el compromiso más trascendente de los últimos tiempos, ese que movilizó la pasión popular como no se advertía desde 1993 /1994, provocando el fenómeno social que sólo el futbol es capaz de crear.
Hay motivos que buscan explicar la interrogante que plantea el título de esta columna. Uno sólo se encumbró por encima de varios. Lamentablemente aquel, el del desequilibrio, perteneció al antagonista.
Y esta historia, que arrancó en martes y concluyó en miércoles, que partió en el adiós de marzo y transitó durante los albores de abril, dejó el desconsuelo del presente, pero del mismo modo abrió la compuerta de la esperanza en torno al porvenir. He ahí lo que probablemente deba atesorarse porque se compitió de veras, atributo que sobrepasa largamente tantas actuaciones en las que simplemente se participó. Enjundia y valentía en la derrota.
Oscar Dorado Vega es periodista.

















































