Zacarías pertenece a la dinastía Tito (peluqueros de excelencia y tradición; ahora se los llama estilistas). Hace unos cuantos días, no más de quince, refería a este columnista el minucioso procedimiento inherente a afinar, con instrucciones precisas, un sello de identidad en Xabier Azkargorta: su bigote. Ese que dio lugar a una chapa que cundió sin límites, acaso porque costaba pronunciar su vasco apellido.
Es una de miles de vivencias que emergen horas después de la partida de quien llegó a revolucionar nuestro fútbol. Y por ahí más que eso. El hombre de Azpeitia logró convertirse en un personaje que —por mérito propio— trascendió más allá de su específica misión para ser reconocido cual hacedor de una alegría (también unánime unión, vaya conquista) hasta ahora no empardada.
Francisco era su primer nombre, pero en razón a esas cosas raras, casi inexplicables, esa identidad derrapó hacia al anonimato para ser, siempre, “Zabier” (así lo pronunciaba el maestro Lorenzo Carri).
Llegó como un desconocido y poco menos que ascendió a la categoría de celebridad nacional. Porque el éxito lo rodeó. Porque el carisma —también la sabiduría— que irradiaba era envolvente y seguramente dicho factor, más allá de cuestiones técnicas o estratégicas, caló hondo en sus dirigidos de aquella añorada clasificación y participación en la Copa Mundial de 1994.
A poco de su arribo nuestro jefe (la alusión en plural involucra a Ramiro Siles, director de PREMIUM, y a un montón de colegas), Miguel Velarde, dicho sea de paso, otro gran forjador de generaciones de periodistas deportivos, encargó una nota a fondo, una típica nota de suplemento de lunes. Un mano a mano que se extendió por más de cuatro horas —cómo no recordarlo— en esa residencia de Obrajes que la conducción encabezada por Guido Loayza y Percy Luza le asignó. Y es que el contenido de la entrevista (registrada en esas antiguas grabadoras con cassette) irrumpió natural hacia otras temáticas porque el hombre, en medio de firmes convicciones, también revelaba interrogantes lógicas de un ámbito en el que las carencias operativas y la desconfianza competitiva asomaban como ingredientes cotidianos.
No era infrecuente, en esos primeros tiempos de residencia en La Paz, verlo conducir un jeep Suzuki que era parte del inventario de la FBF. Así se movilizaba durante aquel origen que no hacía presagiar lo que después jubilosamente conmocionaría al país.
Xabier Azkargorta Uriarte —culto sin duda alguna— supo ser un ser humano seductor a partir de sus profundos y diversos conocimientos. Y pueden atestiguarlo todos quienes lo conocieron con determinada proximidad.
Y así como era bonachón su carácter también concedía espacio a rabietas intensas, a berrinches sulfúricos; al fin y al cabo, como cualquier mortal.
Bolivia lo acogió. Y él acogió a Bolivia. Simbiosis ineludible de quien después anduvo por el mundo. Ya no era el ignoto entrenador que un día llegó para hacerse cargo de la Verde. Por sobre cualquier vaivén vinculado al rodar del balón regresó. Trabajó. Y se quedó para siempre. Hasta el último de sus días.
En un pequeño local de comida al paso, cerca de la calle 21 de Calacoto, su bigote está presente como denominación. Dejó un legado, claro que sí. En notables e históricos episodios. Asimismo, en detalles de menor cuantía que perduran. El país lo quiso y lo tendrá en la memoria porque con su obra conquistó. Dejó sonadas frases para la posteridad, pero en materia de realizaciones se instaló como protagonista incuestionable. Referente nítido.
Agradecimiento inmenso y descanso en paz.
Oscar Dorado Vega es periodista.

















































